Brutal Testimonio De Ex Religiosa Abusada Por Monja: “Yo Entraba Al Baño Y Ella Me Encerraba Para Manosearme”

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“Ya que se están destapando cosas, que se destape todo de una vez”, dice la chilena Consuelo Gómez (37), apenas unos días después de que en la Iglesia Católica su país reinara el caos tras una investigación de un programa de televisión que expuso la mafia al interior de múltiples diócesis en Chile que han encubierto años de abusos sexuales de parte de sus sacerdotes.

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Es un daño irreparable el que ha hecho la Iglesia a sus fieles, generando una crisis en su confianza que sólo ha logrado agravarse debido a los testimonios por parte de sobrevivientes en todo el planeta.

Ahora, la ex religiosa chilena Consuelo Gómez se ha atrevido a contar la historia que le obligaron a callar por 18 años. En conversación con el medio chileno El Mercurio, relató los abusos sexuales de los que fue objeto de parte de una monja de rango superior a ella.

Luego de muchos meses de interrogantes sobre qué hacer con su vida, Consuelo Gómez optó por el camino de la religión al salir del colegio. Tenía apenas 18 años cuando entró a las Hermanas del Buen Samaritano de la Región del Maule.

Ahí se dedicó a cuidar ancianos y enfermos que vivían dentro de la congregación de forma gratuita. La joven se enamoró de su labor y del clima hospitalario del recinto. Pero lo que comenzó como una labor humanitaria terminó por volverse en un régimen de esclavitud pues la empezaron a forzar a trabajar sin descanso, sin importar su estado de salud. Incluso era golpeada si se negaba a la realización de alguna tarea.

Además de atender a ancianos y enfermos, ella y otras novicias también debían encargarse de cuidar a los sacerdotes acusados de pedofilia y abuso sexual que ahí vivían.

“(A los abusadores) los sacaban de sus diócesis y los metían ahí, y estaban en comunidad con nosotras. ¿Cómo lo pueden tener un convento donde hay monjas, donde hay mujeres? No me cabe en la cabeza”

Las superioras de la congregación le tenían prohibido contactar a sus amigos, apenas podía hablar 10 minutos con sus familiares y recibir una visita de ellos una vez al mes. Y cuando una de las novicias se enfermaba, las monjas les recetaban medicamentos a su gusto y no les permitían visitar a un médico.

Uno de los episodios más alarmantes le ocurrió con una reacción física a raíz de un episodio depresivo que sufrió. “Me salieron herpes en todo el aparato digestivo, comenzando con la boca, y jamás me llevaron al médico, sólo me tenían con suero y medicamentos a su parecer”, contó Gómez.

Tras dos años de servir en la congregación religiosa, Consuelo fue invitada a España a servir en otra congregación en el año 2000. Ahí, las tareas eran las mismas pero incluso más agobiantes: turnos de noche, prohibición de descanso y retos eran cosa de todos los días.

Todas las novicias eran controladas todos los días y a cada momento por los sacerdotes y monjas al interior de la congregación, revisando sus labores e incluso la ropa interior que vestían, lo que permitía que sacerdotes, capellanes y directores espirituales le tocaran indebidamente sin su consentimiento.

“Por lo mismo había mucho acoso de los sacerdotes, capellanes y directores espirituales, muchas tocaciones indebidas. Se les iban las manos hacia zonas que no debían. Esto pasaba también en Chile, pero en España lo defendían mucho y aceptaban este comportamiento”, describe la ex religiosa.

También debía ver a presbíteros tomando sol desnudos afuera del recinto, en el que a veces debía cumplir turnos de 12 horas sin descanso.

Pero su verdadero infierno comenzó a los 20 años, cuando Consuelo compartía pieza con una religiosa superior a ella, con quien compartió parte de las miserias que sufría. Al mostrar su vulnerabilidad, la monja (que no ha sido identificada públicamente) se aprovechó y comenzó a abusar sexualmente de ella.

“Yo fui abusada sexualmente por una monja en España, que también era chilena y superior a mí, varias y repetidas veces. Y todos sabían y me hicieron callar. Me hicieron sentir a mí que era culpable de todo. Pero ahora comprendí que esta es una historia que yo viví, que es mía, y que no soy la única”, cuenta Gómez.

“Cuando yo entraba al baño, ella también lo hacía y cerraba con llaves para luego manosearme. Me forzaba física y psicológicamente a hacer cosas que yo no quería”.

Estos repetidos abusos hicieron que se hundiera aún más en la depresión, lo que le desencadenó una grave anorexia. Un día, Consuelo quiso recurrir al sacerdote y director espiritual del recinto en España para buscar apoyo y ayuda, pero la hicieron callar nuevamente.

“También me hizo callar, por lo mismo, porque me dijo que le iban a dar la razón a ella y no a mí, que yo para él era una simple novicia, y yo, por miedo, no sé a qué, pero por miedo, porque estaba lejos de mi familia, me quedé como parapléjica”, cuenta.

Más de una década después, en 2013, fue enviada ala Nunciatura Apostólica de Santiago de Chile, donde su historia fue vapuleada por el nuncio Ivo Scapolo, quien a pesar de conocer la historia de primera fuente, decidió no mover un dedo al respecto.

“Me puse a llorar, me preguntó qué me pasaba, y le conté todo mi caso, que me sentía pésimo, y todo lo que viví en España. Me enviaron al psiquiatra, que sin mayores palabras se dio cuenta de la depresión severa y del trastorno de estrés postraumático que tenía producto de lo vivido en España, de estar guardando todo por más de diez años”, continúa Gómez.

“Pero a mí la rabia que me da ahora es que el nuncio, sabiendo todo esto, no ha hecho nada”.

Hoy, cuando ha pasado más de un año desde su renuncia a la congregación, la mujer de 37 años decide contar su testimonio porque le preocupa que la historia de abusos siga repitiéndose a puertas cerradas en esa y otras congregaciones de Chile.

“Sé que quedan congregaciones de religiosas y que hay muchas jóvenes que, a lo mejor, tienen esa inquietud, y no quiero que les pase lo mismo que pasé yo. Y también sé que hay muchos papás que se preguntan cómo será la vida adentro, y tampoco quiero que se sientan como se ha sentido mi mamá, con la culpabilidad de que ella fue la que me dio permiso”, concluye.


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